Saskia Bender: “Ibiza me ofrece una vida rural y poética”


Es un día luminoso de otoño y Saskia Bender nos abre las puertas de su casa centenaria, situada en una colina, cerca de Sant Rafael. Camina descalza por el campo y también en el tradicional porxu ibicenco, ocupado por su mesa de trabajo y una máquina de coser antigua. La luz del día se cuela por una pequeña ventana e ilumina su figura como un foco. Por su forma de andar, es fácil adivinar que Saskia ha sido bailarina profesional.

Antes de abrirnos su corazón, nos muestra sus vestidos, concebidos para mujeres que sienten el arte como una segunda piel. En ese escenario, surge de forma natural una propuesta que ella acepta sin pestañear: Elige un estampado de almendros en flor y comienza a bailar dejándose llevar por la música.

Saskia es una artista de mirada azul y elegancia natural que se expresa en cada movimiento. Colgó las zapatillas de ballet por problemas de rodilla, tras siete años en la plantilla de Le Grand Theâtre de Toulon, una referencia en Francia. Nacida en Alemania, ha vivido en Suiza, Grecia, Hungría y Francia, antes de llegar a Ibiza.

Saskia Bender

Saskia Bender

“Vivir en una colina era el sueño de mi infancia. Siempre he tenido una casa como ésta en mi corazón. La casa payesa es como un violín: Con el paso de los años es mucho mejor”, nos cuenta, sin ocultar el gran esfuerzo que supone para ella cuidar una casa tan grande sola. Pero se siente feliz porque ha conseguido convertir la vivienda y su creatividad en una forma de vida.

Su trabajo es artesanal: Confecciona prendas únicas. Desde el vestido de boda, a lo que ella denomina el “vestido A”: un modelo que va bien a cualquier mujer y cuyos estampados se inspiran en la naturaleza de Ibiza, desde el campo al mar. Diseña los patrones, tiñe las telas y a veces utiliza ácidos “que hacen que los vestidos parezcan antiguos, como obras artísticas”. Usa tapicería, plumas de sus gallinas, encajes y recicla antigüedades. Su marca: Swan. “Tengo mucha fantasía y espero algún día recibir encargos para el mundo del cine o producciones clásicas. Mi trabajo casi es alta costura, pero sin un gran equipo y presupuesto”, explica.

Españolas, alemanas o suizas llevan su vestido “A”: “Según las exigencias y necesidades de cada clienta, cambio el patrón, lo adapto y lo perfecciono”. Ahora investiga la fórmula de la “blusa A”, esa prenda imprescindible para mujeres de toda Europa que, como Saskia, buscan la originalidad y la belleza.

Nos ha regalado unos minutos sublimes, mientras bailaba descalza con las paredes encaladas como escenario: “Siempre he luchado por la poesía. Buena parte de los problemas de hoy en día se deben a la ausencia de arte en nuestras vidas”. Así arranca la conversación: la historia de una bailarina que es feliz en Las Dalias.

¿Cuándo llegaste a Ibiza y qué te trajo a la isla?

De niña viajé muchas veces a Ibiza, porque mi tío tenía una casa y pasé muchos años las vacaciones en Formentera. Conocí a mi novio en Ibiza, en la época en que trabajaba como bailarina de danza clásica en Berlín. En el año 1998 decidí dejar el ballet porque sufría muchos problemas de rodilla. Me vine a la isla con mi novio en octubre. Era un gran cambio para mí, pero tenía ahorros y por eso decidí tomarme el tiempo necesario para pensar en mi futuro. Vine con dinero y no a buscar otro trabajo: Necesitaba descansar. Primero fui a la India, porque nunca antes había tenido tiempo para un viaje largo. Al regreso me quedé embarazada y pensé que había llegado el momento de dedicarme a la familia. Primero nació Naima y después María. Me quedé en Ibiza y ya llevo 15 años en la isla.

¿Cuándo empezaste a diseñar vestidos?

Siempre hice ropa. Cuando no tenía contrato en el mundo de la danza, trabajaba en la restauración de sombreros o en producciones de vestuario para la ópera. Incluso cuando actuaba como bailarina, siempre estaba también muy pendiente de los patrones históricos, del diseño de trajes o de cómo se teñían las telas. Mis amigos se dedicaban a eso y me encantaba. Un día se convirtió en mi profesión. Tengo mucho sentido de la estética. Mis hijas cumplieron 3 ó 4 años y empecé a coser, teñir…Trabajaba mucho y en aquella época diseñé mi primer vestido de novia.

¿Dónde vendías tus producciones?

Con una amiga monté un espectáculo con mi vestuario, pero no vendí nada. Era un trabajo de locas…(se ríe). Nos gustaba mucho, pero sólo gastábamos dinero. Al año, un amigo me sugirió la idea de abrir una tienda. Para eso, necesita producir mucho más. Otra amiga, me puso en contacto con una diseñadora de moda en la India. Desde entonces, ella es mi mano derecha en la fabricación y también tengo taller en India. Han pasado muchos años y la tienda, al final, nunca llegué a abrirla. De la inversión que hice en ropa para el espectáculo, al final conseguí vender casi todo en un puesto improvisado en la playa. Entonces me pregunté: ¿Y ahora qué? Justo entonces surgió la posibilidad de acudir los martes a Las Dalias.

¿Cómo fueron los comienzos en Las Dalias?

Llegué al mercadillo con piezas únicas que había diseñado en los últimos años. Empecé a vender los martes por la noche y, al poco tiempo, también el lunes y el sábado. Primero necesité tener un coche más grande, aprender a montar y desmontar mi puesto en el mercado y me fue bien. Siempre encuentro personas que tienen mucho entusiasmo con mi trabajo porque es diferente, sé trabajar los patrones y lo hago con mucho amor. Además, la disciplina la tengo incorporada en mi forma de vida. Fui mejorando mi puesto y siempre tengo nuevos modelos, compro telas en Marruecos…siempre intento mejorar.

¿Qué significa para tí Las Dalias**?**

Es muy magnético: Un templo que te abre puertas a otros significados y mundos. Depende de cada persona darse cuenta o no. Para mí representa la puerta abierta de mi creatividad hacia la sociedad. La plataforma a través de la cual estoy en contacto con el público. Lo que propongo con mis vestidos es resaltar la feminidad y la belleza. Cada prenda no está pensada como algo práctico, sino que es una manera de expresar un cierto sentido de la estética, la calidad y el arte.

¿Cómo es el universo de Las Dalias?

Desde fuera nos ven como gente libre que vive en Ibiza, donde todo el mundo quiere estar. Nos ven como un sueño o una ilusión. Somos muchos, pero a la vez muy independientes. Cuando llegamos por la mañana, todos intentamos montar sin molestar al vecino y, a la vez, somos muy cercanos: Hay muchas amistades, mucho cariño, mucha mezcla. En el mundo de la danza no era así: para todo necesitabas permisos, contratos y la gente, a veces, no se hablaba. Las Dalias es un microcosmos. Hay gente muy sana y muy innovadora. En Las Dalias nos queremos mucho, tenemos muy buenas amistades, sufrimos por las mismas cosas y eso se nota mucho. Somos un equipo y hay mucho amor y colaboración.

¿Qué valores simboliza?

Las Dalias no es más que un conjunto de personas y cada una tiene su propia filosofía de vida. En mi caso, los valores de la libertad y el multiculturalismo están muy integrados. Con la danza clásica aprendí de niña inglés, francés y me relacionaba con gente de todo el mundo. Esa es otra característica muy típica de Las Dalias: es un crisol de nacionalidades. También es importante destacar que hay muchos artistas que saben trabajar con sus manos. A la gente le gusta ver el resultado de ese proceso creativo. Las Dalias es un lugar donde, si sabes hacer algo especial, no necesitas un pasaporte ni aportar un diploma. Las Dalias representa un intercambio cultural y un estilo de vida abierto, artístico y cosmopolita.

¿Vives todo el año de tu trabajo en el mercadillo?

Sí. Es una plataforma con un potencial enorme. No soy una de las que más venden, pero mi familia y otras 300 personas viven de esto.

¿Cuál es la diferencia en tu vida entre invierno y en verano?

Me despierto muy pronto, me ducho y medito. Así empieza un buen día. Dedico parte del tiempo a mi jardín, las gallinas y la huerta. Mi vida siempre ha estado en contacto con la naturaleza. Soy muy ecológica. Cuando acaba el mercadillo en verano, estamos muy cansados. No sólo soy diseñadora o sastre: También tengo que gestionar mi negocio, mandar dinero a la India y soy madre. En invierno tengo más tiempo para cocinar y cuidar a mis hijas. Siempre me tomo unas pequeñas vacaciones en noviembre y, después de comprar telas en India, vuelvo a coser un montón y a producir. En invierno el ritmo diario lo marcan las niñas que van al colegio y el trabajo de producción. En octubre se nota mucho el cansancio, pero es el momento de organizar la casa.

¿Cómo es la vida en una casa payesa?

Tengo una casa vieja, el baño está fuera y me encanta. No quiero una casa moderna. Está en la colina y tiene mucho sol, pero cuando vienen las primeras lluvias, entra agua y tengo que pintar. Si vuelve a llover, el agua se cuela por otro sitio y tengo que arreglarlo y así voy cada año. Tengo cinco dormitorios y procuro alquilar dos de ellos a personas que tengan ganas de colaborar, pero en los meses de octubre y noviembre siempre estoy sola para pintar y renovar. He tenido el clásico novio, pero nunca una persona que ponga muchas ganas en cuidar la casa. Me gusta tenerlo todo muy limpio y ordenado y también recibir gente: Hago meditación para grupos de mujeres que buscan salir de clichés históricos.

¿Te imaginas otro tipo de vida?

No. He elegido este trabajo porque me gusta. Soy muy creativa y necesito mi taller y mi material. He ido tres veces de vacaciones fuera de la isla y me he aburrido. Siempre necesito materia que pueda transformar, ya sea un jardín o una tela. No importa, pero es lo que me gusta. Para mí es muy importante el arte y siempre tengo tiempo para el arte.

¿Te consideras hippy?

No, para nada. Yo era hippy antes de venir a Ibiza porque iba siempre con vestidos largos, hechos a mano. Siempre he estado a favor de la paz y en contra del racismo. Vengo de una familia alternativa y en mi trabajo anterior viajaba por muchos países. Para mi la vida en Ibiza no es más internacional ni más alternativa. Siempre he gastado mucho tiempo y dinero en mi vida espiritual. Conozco el Corán, la Biblia y muchas culturas y religiones. No es algo que empezara a interesarme en Las Dalias o en Ibiza, sino que forma parte de mí. Mi dinero va a un banco ético y si puedo subvencionar o ayudar a un amigo, lo hago antes que dejarlo inmovilizado en un banco normal, donde no tiene un uso.

¿Qué te ha aportado Ibiza?

Lo primero, alejarme de la ciudad. Pude dejar atrás la vida urbana. El clima me permite vivir mucho tiempo en el campo y disfrutar de la luz. Lo que Ibiza me ofrece es una vida rural y poética. Hay paz en Ibiza.

Texto: Silvia Castillo - Foto: Massimo Aspide