Luis Gallego: “Hippy es la persona que considera la libertad un valor fundamental en su vida”


Estudió dirección de cine y televisión y trabajó como creativo de publicidad en Madrid y más tarde como halconero en el aeropuerto de Ibiza. Su currículum profesional es tan variado como sorprendente: Durante años buscó la forma de dar respuesta a su necesidad de crear. Una vocación que sentía desde niño y que le impulsaba a dibujar, pintar o fabricar sus propios juguetes.

Al recibir su diplomatura, sólo tenía clara una cosa: quería vivir cerca del mar, en Ibiza, el lugar donde había pasado veranos muy felices cuando era pequeño, junto a sus padres. Hizo la maleta y ya han pasado 12 años, los últimos 7 dedicados a su pasión por el arte. En la isla conoció a su mujer, Agustina. Ella vendía ponchos de lana en Las Dalias y fue quien le abrió las puertas del mercadillo, donde ofrece sus esculturas y pinturas a precios que oscilan entre 45 euros y 1.500 euros.

Luis Gallego

Luis Gallego

Nos recibe en su taller de Sant Josep, en una mañana soleada de octubre. El antiguo garaje se ha habilitado como espacio creativo y está rodeado de maderas, herramientas y animales de colores. El pelo revuelto de Luis engaña, porque una segunda mirada más atenta permite descubrir que su mono de trabajo es de una marca muy conocida, al igual que el polo interior o su calzado.

De la misma manera, las maderas apiladas, junto a herramientas y esculturas, conviven en un orden calculado que favorecen la inspiración del artista. “La vida me llevó a hacer lo que siempre he sabido hacer. Todo ocurrió de forma fluida, sin pretensiones, ni proyectos ni ambiciones”, nos cuenta.

Posa para la cámara de Massimo Aspide rodeado de una fauna de colores: calamares, cangrejos, un flamenco, otros pájaros diversos y también una simpática ballena. Le interesan los animales y la figura humana. “La base siempre es madera y luego juego con otros materiales: alambres, tornillos, latas o neopreno”.

Su colección tiene vida propia: son animales con personalidad juguetona y tienen vocación doméstica, es decir, pueden ser buena compañía en casa. Solamente les falta hablar, bailar y reírse. Se parecen mucho al artista que les ha dado forma. Durante la sesión de fotos, una de sus esculturas sufre un accidente irreparable. Lejos de enfadarse, Luis encaja el “desastre” con la elegancia y el humor de un aristócrata.

Para él resulta difícil enfadarse, porque se siente un privilegiado. “Estoy en el taller seis horas diarias. Empiezo con puntualidad a las 8 de la mañana y cierro a las 14.30, con una breve interrupción para un café. Por la tarde no trabajo nunca. Soy libre para estar con mi familia”. Tiene 36 años, su primer hijo no ha cumplido 3 y el segundo bebé nació en enero de 2015. Viven en una casa ibicenca, rodeada de campo. Tiene muy cerca Can Jordi, una pequeña tienda de carretera donde se encuentra con gente de medio mundo y escucha música en directo.

¿Qué te trajo a Ibiza?

Siempre he buscado medios de expresión: el cine, la pintura o la escultura. Es mi vocación, pero antes tuve que buscar estabilidad económica. Me diplomé en el Instituto de Cine de Madrid, pero sabía que no me iba a dedicar a eso. Trabajé en rodajes y como creativo de publicidad y, al acabar los estudios, me viene a Ibiza. Llegué sin saber muy bien qué hacer. En el periódico vi que buscaban a alguien para trabajar con aves rapaces. Así fue como me seleccionaron entre mucha gente para trabajar como halconero en el aeropuerto de Ibiza. Mi misión era el control de la fauna para que las aves no impactaran con los aviones. Allí estuve un año. Era un trabajo extraño. Un día lo dejé. Como siempre me había gustado el mar, el deporte y los barcos, me dediqué durante dos años a alquilar zodiacs en Cala Tarida y otro año más a trabajar como monitor de esquí acuático en la escuela de la misma playa. Mientras tanto, nunca dejé el mundo del cine y, de hecho, estaba preparando un corto sobre un monje budista que construía una máquina gigante para poder iluminarse en esta vida. Justo en ese momento me faltaba algo relacionado con mi habilidad, que básicamente es crear. Entonces conocí a mi mujer, que tenía un puesto en Las Dalias.

¿Cómo pasaste del cine a la escultura?

De pequeño hacía marionetas y construía juguetes, lo que me pasaba es que se las llevaban mis tías porque les gustaba mucho. Pero la escultura había pasado un poco desapercibida, porque me dedicaba más a pintar y dibujar. Cuando empecé a trabajar de halconero, hice la primera pieza: un pájaro, al que llamé Torcuato, que ya tenía algunas de las claves de lo que ha sido después mi estilo. Salí un día al campo, a dar un paseo, porque sentía la necesidad de crear algo. Muchas veces estoy en una cena y no puedo evitar coger piezas que están sobre la mesa y empezar a trabajar con las manos. Hay gente que colecciona lo que hago. Para mí es una necesidad, una terapia. Es mi habilidad natural.

¿Cómo es tu proceso creativo?

La primera vez fui a Las Dalias con tres muebles y la gente no sabía lo que era aquello: les gustaba, pero no entendían. De ahí evolucioné a la primera mosca y hasta aquí. Mucho tiempo después empecé con este movimiento, que se basa en trabajo con la madera y los colores. Sobre todo, figuras de animales y también la figura humana, aunque menos. Me gustan mucho los animales y por eso intento crear esculturas que transmitan lo que yo veo. Utilizo restos de carpintería, muebles, barcos o troncos. Hay varias maneras de crear. La primera es tener una forma en la mente y buscar una madera para trabajar con ella. Otras veces, encuentro una madera donde ya veo una forma y eso me incita a proseguir. Mi trabajo y mi juego consiste en probar qué da fuerza y qué la quita. Tengo libertad y mi trabajo consiste en buena medida en deshacer lo que he hecho, porque tengo que llegar a la esencia. Para eso necesito ser simple y sintetizar es muy importante en mi quehacer diario. En Las Dalias exhibo mi trabajo y puedo escuchar qué opina la gente. Eso es muy interesante porque hay verdad en la crítica.

¿Vives todo el año de lo que vendes en Las Dalias?

Sobrevivo. La suerte es que mi trabajo suele gustar y, desde Las Dalias, se me abren muchas puertas, por ejemplo a galerías de arte. Me muevo mucho por intuición. Igual que llegué a Las Dalias sin ningún plan previo, me dejo llevar.

¿Por qué Las Dalias es tan especial?

Las Dalias es un lugar único y emblemático, que sigue manteniendo su historia. Además, es un escaparate mundial. Por el mercadillo pasa gente de todo el mundo y condición. Si piensas en los vendedores, en la mayoría de los casos hay detrás una historia interesante o peculiar. Se dice que la casualidad no existe y yo creo que es así. En Las Dalias hay personajes exóticos que viven la vida de una manera fuera de lo común. Es un lugar donde se congregan personas con otros objetivos, ideales y prioridades. El conjunto es lo que hace que sea un lugar verdaderamente interesante y único.

¿La imagen de Ibiza está vinculada a Las Dalias?

En mi mente hay varias Ibizas y una de ellas está claramente vinculada a Las Dalias. En el futuro me imagino que el mercadillo va a evolucionar intentando mantener su espíritu. Estoy seguro de que la esencia siempre perdurará.

¿Qué significa ser hippy en el siglo XXI?

Mucha gente tiene la imagen del hippy mugriento que vive a duras penas. Ahora no es así. Hippy es la persona que considera la libertad un valor fundamental en su vida. Todos somos hippies, porque todos estamos en contra de cosas concretas, lo que pasa es que muchas veces pasamos por el aro. ¿Anticapitalista?, pues sí y creo que todos lo somos de alguna manera. Si te sales un poco del sistema e intentas vivir de una manera que no es tan normal, enseguida te llaman hippy. ¡Ole a quienes están en una oficina y son felices ahí! Por mi genial. Yo no soy feliz en ese entorno. Eso es lo único que sé. Mi sitio está con mi familia y con mi mundo.

¿Cómo es tu vida en invierno?

Trabajo todo el año con un horario. Y además tengo el taller fuera de la casa, algo que es muy importante si quieres mantener una buena relación con tu mujer. Cada escultura me lleva mucho tiempo y por eso mi producción es pequeña, aunque es lo más gratificante de todo lo que he hecho en mi vida: Crear cada pieza desde cero. Me divierte. En invierno hacemos algún viaje a la península o también a Uruguay, el país de mi mujer, donde vamos a ver a la familia y además ella trabaja con cooperativas artesanales que tejen ponchos de lana natural de excelente calidad. También participo en alguna exposición o mercado de arte pero, básicamente, me dedico a producir y a estar con mi familia. Me gusta trabajar todos los días y soy libre porque gestiono mi tiempo.

Texto: Silvia Castillo - Foto: Massimo Aspide