A medio camino entre el filósofo y el gurú, tiene dos pasiones: la biclicleta y el mar. “Nací en un país de montañas y siempre practiqué la bicicleta de niño. Volví a cogerla a los 50 años y ya llevo 15 encantado”, nos cuenta Dario Bome, poco antes de cerrar la puerta de su tienda en Sant Miquel para ir, como todos los días, a jugar a las palas a la playa de Aigues Blanques. Su vida en invierno transcurre plácidamente: “Con mucha tranquilidad, abro mi negocio a las once de la mañana y a las dos cierro. Hasta las seis de la tarde, cuando cae el sol, estoy en la playa. Por la noche, ceno en casa como un león”.

Nació en Italia hace 66 años y se forjó como artesano del cuero, hasta llegar a tener su propio comercio. Pero su vida cambió tras un viaje a Ibiza en el año 75: “El primer verano comprendí que yo quería vivir en la isla. De hecho venía de Sicilia o Cerdeña, lugares pequeños y agradables para caminar. Llegué a Ibiza y me quité los zapatos. Sentí que Ibiza era para mí. En verano siempre íbamos descalzos”. Han pasado 38 años desde entonces y 40 desde que convive con su pareja, Valeria Gova.

Ella recuerda aquella Ibiza de finales de los 70: “Iba descalza y no importaba el tiempo. Decidías ir a ver a un amigo y tardabas tres días andando. He recorrido la isla a pie y haciendo auto-stop. Era como una flor más del campo. La isla era libertad y naturaleza”.

Valeria, menuda y de mirada azul intenso, sigue caminando descalza por el precioso suelo del bazar de tesoros que la pareja tiene en Sant Miquel. Ella se ocupa de atender a los clientes, a los que en muchos casos conoce desde hace años. Mientras, Dario Bome charla con quienes entran a saludarles o se refugia en el taller anexo, donde se le puede ver trabajando con la precisión del relojero y la imaginación de un soñador.

Dario Bome

Dario Bome

El 1992, Dario Bome recibió el reconocimiento como “maestro artesano” que otorga el Govern balear. En Sant Miquel, la pareja ha creado un universo de telas, ropa, complementos y objetos de distintas partes del mundo, pero también las piezas únicas que Dario trabaja con sus manos: bolsos, mochilas, carteras, cinturones…Como hacía en Italia, sigue creando piezas únicas de cuero.

“Tenía 20 años en el 68 y no podía ser otra cosa que hippy, viajero, psicodélico…como lo era la gente de mi generación. Cuando llegué a Ibiza era de los pocos que llevaba pendiente y me lo quité cuando vi que todo el mundo se lo ponía nada más llegar a la isla. He sido hippy y en el corazón lo sigo siendo. Ahora ya soy un poco dinosaurio, pero no he vuelto a tener el pelo corto desde los 18 años. Adoro Ibiza como lo hacía antes y me sigue gustando sentarme en el suelo, debajo de un árbol”, explica Dario.

Resulta un placer escucharle, porque sus palabras están cargadas de autenticidad y experiencia. Es una persona afable y parece que su corazón no tiene espacio para la amargura o el desaliento. Su aspecto es el de un gentleman a quien la vida ha tratado muy bien y que ha logrado burlar el paso del tiempo y los convencionalismos. Se siente fuerte y “con toda la capacidad de trabajar intacta”. Sin embargo, -añade con una sonrisa pícara- “en la vida hay que elegir”, por eso dedica más tiempo a la playa y a su bicicleta que a los negocios.

Valeria y Dario han desafiado la época de las comunas, la promiscuidad y el amor libre con una relación de pareja que dura 40 años. Han construido una familia y, durante tres décadas, su vivienda fue una casa payesa de alquiler en Sant Miquel. Hoy tienen inmueble en propiedad y sus dos hijas han ampliado la familia con dos nietos.

Al preguntarles por el futuro, a Dario le preocupa conservar el medio ambiente y Valeria lamenta que la Ibiza mítica que ella conoció “haya desaparecido”. Ella se pregunta enojada: “¿Ibiza es ahora de los payeses o de los Ferraris?”. Ambos forman parte del pequeño núcleo de los fundadores de Las Dalias.
Dario nos acompaña en el viaje a través del tiempo.

¿Por qué elegiste Ibiza para vivir?

Vine porque el nombre de la isla circulaba en Italia entre la gente psicodélica y los jóvenes que se estaban liberando de ataduras, compromisos sociales y maneras de ser y de vivir. Vine directamente de la India. Tenía amigos que me hablaban muy bien de Ibiza desde el año 1971, pero no quise venir antes el fin del franquismo. Llegué en octubre del año 1975.

¿Lo que encontraste fue lo que esperabas?

El primer viaje fue en invierno y me pareció un lugar decadente. Llovía mucho y había poca gente. Todos estaban en el bar del hotel Montesol, que era el único lugar para reunirse. Me pareció que Ibiza era un lugar donde la gente se miraba el ombligo. Pero al verano siguiente pude ver la isla en su esplendor. Trabajé debajo de una higuera y me impactó muchísimo. Siempre vuelvo a ver esa higuera en una colina y recuerdo lo bien que me sentía por que ése era mi taller. Dejaba las herramientas por la noche fuera de casa y por la mañana las encontraba secas. No se mojaban con el rocío, porque la higuera era muy grande y tupida. Ganarme la vida de esa manera me pareció fenomenal. Yo venía de una tienda en Italia y lo normal era hacer 400 kilómetros para ir a trabajar. En Ibiza sólo me tenía que desplazar a Es Canar, a 15 kilómetros. Podía ir andando.

¿Qué ambiente había en la isla?

Me impactó el ambiente multirracial e internacional de Ibiza. Encontrabas gente de Brasil, de Argentina, de toda Europa…había músicos en la calle, en casas de amigos y se vivía tocando.. Nosotros salimos de Italia buscando un sitio abierto, donde fuéramos partícipes de todo lo que ocurría. La intensidad, la fuerza y la riqueza humana de Ibiza era entonces impresionante. Por suerte y extraordinariamente, sigue habiéndola. Hay nuevas generaciones fabulosas en Ibiza. Nuestros hijos son personas realmente especiales. Pero sigue habiendo mucha gente joven que viene a la isla buscando el mito de Ibiza con el corazón abierto. Es conmovedor y muy interesante.

¿Cómo empezásteis a ganaros la vida?

Desde el principio tuve claro que era más fácil ganarse la vida en Ibiza que en Italia. Primero íbamos los miércoles al mercadillo de Es Canar. Todo resultó fácil y nos daba para vivir. Nuestra hija Paloma nació en 1981. Yo trabajaba en el taller y Valeria se ocupaba de llevar las cosas al mercado.

¿Cómo nació Las Dalias?

El mercadillo lo empezó Valeria, en el año 1984, con bastante escepticismo por mi parte. Pero ella, como en muchas otras cosas, vio que tenía futuro. Empezaron cuatro gatos y ella fue la gata número seis del mercado. Vendíamos objetos antiguos de India y cosas que Valeria coleccionaba. También llevaba mis mochilas, bolsos o cinturones. En Las Dalias ya se adivinaba otro rumbo diferente para este mercadillo, con un interés por la calidad.

¿Cómo ves el crecimiento de Las Dalias en estos años?

De una manera lógica y armoniosa. Yo soy muy amigo de Juanito. Era un chaval muy joven cuando empezamos y dejó que Las Dalias creciera de una manera familiar. Todos los vendedores son amigos de Juanito y le conocen bien, sobre todo los que llevan muchísimos años, como nosotros. Ahora está obligado a expandirlo, porque tiene colas de gente que le suplican todos los días que les deje tener un puesto. Recibe infinidad de solicitudes de muy buenos artesanos. Ha crecido como lo hacen los buenos mercados: por una razón verdadera y humana. Los mercados funcionan si son necesarios.

¿Por qué es tan especial Las Dalias?

Es como un río que ha encontrado su cauce solo y de forma natural. Es diferente. El núcleo fundamental está formado por gente que viaja de verdad, que va al otro lado del mundo en invierno: ya sea Indochina, Thailandia, India, Bali, América y traen cosas especiales. También hay artesanos. Juanito lo definió como el mercado de las cosas auténticas y es cierto. A diferencia de otros, Las Dalias ha estado siempre conectada con Oriente y con América, a través de los viajes. Y otra característica que lo hace especial es que siempre ha habido un ambiente familiar, que se transmite en el propio mercado. Ésa es la personalidad de Las Dalias, que ójala no cambie. Aunque ha crecido muchísimo, refleja la naturaleza de una familia ibicenca muy abierta y con capacidad de absorber todo lo que traía gente de fuera. Personas como yo, que somos de fuera, nos sentimos muy agradecidos. Yo tengo una amistad verdadera con Juanito. Y el mercadillo es tan especial porque Juanito siempre ha sabido escuchar, de manera tranquila y abierta.

¿Tu eres la mezcla del artesano y el viajero?

Sí. Yo tengo pasión por las materias primas. Transformo muchas cosas que compro en Oriente. Nunca he podido dejar de trabajar con las manos porque era realmente una necesidad. En los años 70 paré circunstancialmente para dedicarme al comercio y, después de un año y medio o dos, tuve que volver: No me encontraba bien, no tenía la paz interior que te da trabajar con las manos, que es como meditar. Por eso se llama arte-sano: es un cauce armonioso para tu energía. Una forma de arte que te cura.

¿Cómo es la gente de Las Dalias?

Artesanos, artistas…gente muy creativa. Ibiza es apasionante por la mezcla y porque hay un ambiente muy cosmopolita. Más allá de la política, la isla ha creado su propia personalidad defendiendo valores como la libertad, el pacifismo o la tolerancia. Ibiza te brinda un contacto muy profundo con la naturaleza y contigo mismo. En el largo invierno, cuando todo transcurre más despacio, la gente tiene tiempo de mirar hacia dentro. Lo que veo en Ibiza es una búsqueda interior con mucha sinceridad y gente conectada consigo misma y con la naturaleza. Ese estilo de vida y esa búsqueda tiene un efecto benéfico que hace que el pobre y el rico estén juntos. La gente que no tiene dinero, en Ibiza puede vivir codo a codo con quienes nadan en la abundancia: No hay discriminación. En Las Dalias no se mide a la gente por su poder, sino por su capacidad para convivir y crear.

¿Cuál es el futuro de Las Dalias y cuál es el impacto del mercadillo en la imagen de Ibiza?

Se ve con mucha claridad que Las Dalias es una marca, conocida en el mundo entero. Es increíble, pero también forma parte de la magia y de la resonancia que tiene Ibiza. No sé qué es más potente: Ibiza o Las Dalias. Quizá es algo recíproco. Influye mucho el eco que tiene el mercadillo en toda Europa. Creo que la idea de Juanito, con la energía de todos los que trabajamos ahí, de llevar el mercado fuera de Ibiza, ha tenido una repercusión enorme. Una experiencia muy bonita, muy interesante. Cosa que no ha pasado con otros, por que un mercadillo de Roma no va a vender a Londres o a Ámsterdam. Las Dalias sí y ésa es otra peculiaridad de la gestión de Las Dalias.

Además de un mercadillo…¿es una forma de vivir?

Seguramente. El mercado es vida. Su función es vital porque da un empujón enorme al desarrollo profesional de todos los artistas que trabajan ahí y les brinda una manera de sobrevivir. La inspiración es lo fundamental en esta isla: Lo que se hace aquí no lo encuentras en otros lugares. Ibiza es una olla donde nacen tendencias de moda y estilos de vida, cocinados con el mar y el sol. Es una referencia de maneras de vivir.

¿Qué significa ser hippy hoy en día? ¿tu lo eres?

Seguramente. Las cosas que logras en la juventud te quedan en el corazón. Valeria y yo tocamos campanitas cada mañana. Es un ritual que no hacemos por ningún tipo de religiosidad, sino por devoción a la vida y a la naturaleza. No creo que la gente normal haga sonar campanitas por la mañana. El concepto hippy alude a la búsqueda de la libertad y a la cercanía con la naturaleza. Yo vine de verdad a Ibiza por la higuera, por el algarrobo, por poder sentarme en el suelo y tocar la tierra. Considero que mi gran suerte ha sido trabajar para mí toda mi vida, por un sentido de libertad y de compromiso. Trabajar para uno mismo supone una responsabilidad enorme. Yo no he trabajado nunca para otra gente. Ha sido un logro, que evidentemente me ha costado sudor, porque he tenido que pensar 24 horas al día qué voy a hacer para comer mañana. Pero no nos ha costado lágrimas, porque aquí en Ibiza hemos vertido muy pocas. Trabajar para mí mismo ha sido un privilegio.

¿Cómo se consigue una relación de 40 años con tu pareja?¿influye la filosofía hippy?

No sé si todos los hippies tienen relaciones tan largas. Valeria y yo somos una excepción, porque es difícil tener una relación de tanto recorrido como la nuestra. No es un mérito. Ha ocurrido y el secreto es que no nos hemos tenido que prometer fidelidad cada día ni hemos firmado un contrato de vida. Más bien al revés, hemos pensado que éramos personas libres, sin ningún compromiso, y eso nos ha quitado miedos y estamos juntos porque nos da la gana. No estamos casados, por eso estamos juntos.

¿Qué diferencia hay entre tu vida en verano e invierno?

Es una suerte vivir en Ibiza en invierno. Estás muy ocupado en verano haciendo todo lo que puedes y más. Aunque depende de las fases de la vida. Yo ahora trabajo mucho menos. Pero luego llega el momento del invierno, que es bellísimo. Cierras la tienda y puedes disfrutar. Vivir en Ibiza es invierno es una auténtica suerte, comparado con Francia, Alemana, Italia y con otras partes del mundo. Ibiza tiene un clima fabuloso, casi mejor en invierno que en verano.

¿Qué te preocupa?

Soy un sibarita de salvar el agua y gasto poquísima porque es un recurso escaso. Me preocupa la gestión de los residuos y la sostenibilidad. En Ibiza la naturaleza es tan apabullante que la gente piensa que va a ser siempre así y no es verdad. En Ibiza nunca he visto un cartel donde pidan que se ahorre agua, como sí he visto en otras partes del Mediterráneo. Está fuera de duda que Ibiza es una isla rica, pero hay que preocuparse de conservar la naturaleza para que esa riqueza perdure. No lo podemos destruir hoy para que no quede nada mañana. No pedimos a la gente que sean santos o ascetas. Simplemente, que no hagan guarradas. El dinero llama al dinero y es depredador. En Ibiza puede haber gente que piense que hace falta más cemento porque eso genera riqueza. No es verdad: El cemento mata.

Texto: Silvia Castillo - Foto: Massimo Aspide