Mercedes de Blas confiesa que “cuando dejas atrás familia, amigos, trabajo fijo y dos hipotecas, todo el mundo cree que te has vuelto loco”. Efectivamente, son una pareja muy poco convencional que abandonó todas las zonas de confort y la estabilidad, para escuchar lo que les pedía el corazón y su intuición. Antonio Portero ha elegido caminar con chanclas ocho meses al año y, a veces, renuncia a pintar murales en las casas más ricas de Europa, porque no tiene tiempo. Vende su producción casi de inmediato en Las Dalias y, apenas tiene stock, a pesar de que trabaja 10 horas diarias.

Tiene 40 años y un curriculum profesional y vital fuera de lo común. Estudió magisterio y consiguió un trabajo fijo en un ayuntamiento de la Comunidad de Madrid pero, tras 10 años desempeñando distintos puestos de responsabilidad, pidió el finiquito porque se aburría. Su apasionada vocación artística le ha llevado a conseguir un récord Guiness por pintar durante 24 horas el graffiti más grande del mundo. También ha trabajado como maquillador de efectos especiales, tiene prestigio como tatuador y ha ganado dinero pintando motos de la marca Harley Davidson.

En 2012 llegó a Ibiza de vacaciones. Fue incapaz de descansar tumbado en la playa y acabó pintando murales sobre tela de saco: “Vinimos por primera vez hace 3 años en agosto. Montamos un puesto en Las Dalias por casualidad. Les gustó tanto que decidimos intentar quitarnos un poco todo el estrés de Madrid y estar en Ibiza, en vez de un mes, tres. Al final, ahora vivimos en Madrid tres meses al año y el resto disfrutamos en Sant Carles”.

Antonio Portero y Mercedes de Blas

Antonio Portero y Mercedes de Blas

Actualmente, Antonio compatibiliza su trabajo en Las Dalias con la decoración del Parque Warner y el Parque de Atracciones de Madrid. A la gran ciudad ya sólo viajan para ver a la familia y para cumplir con los encargos de lo que consideran su “trabajo estable”. La energía que les queda la destinan a colaborar con una organización no gubernamental que ayuda a niños acogidos en orfanatos de Nairobi (África). Antonio y Mercedes han dedicado un mes entero a producir pinturas para conseguir que esos pequeños tengan comida y medicinas durante un año.

La mayor parte de su tiempo transcurre ahora entre el taller de Sant Carles, Las Dalias y dando paseos por el campo al atardecer. Antonio Portero, conocido por los más cercanos como ‘Toñín’, pinta sin parar con una enorme sonrisa. La pareja contagia alegría y se puede intuir que sus vidas acarician grandes proyectos.

¿En qué consistía tu trabajo en el Ayuntamiento?

Durante 10 años trabajé en el ayuntamiento de Valdemoro, como técnico en las concejalías de Juventud y Participación Ciudadana. Estudié Magisterio y todo lo relacionado con chavales me gusta mucho. Con 20 años trabajaba como monitor de tiempo libre: Tenía unos 400 alumnos por curso y les daba talleres de aerografía, dibujo al carboncillo, máscaras y otras materias artísticas. Después fui coordinador de deporte urbano. Más tarde dirigí grandes eventos en el área de Participación Ciudadana, como carnaval, Reyes o fiestas en las que participaban más de 10.000 personas. Ahí me di cuenta de que tenía que cambiar. Pasaba mucho tiempo delante de un ordenador, sentado y me aburría. A mi pareja le pasó igual. Merche trabajaba como secretaria de dirección para el Festival de Benicassim y decidimos salir de ahí. Coincidió también en que era una época en que tenía muchísimo trabajo pintando motos Harley Davidson.

¿Sorprendió tu decisión?

Yo tenía un puesto fijo y, cuando firmé la liquidación para irme, el concejal me decía que era imposible que hiciera eso porque mi puesto lo quería mucha gente. Ganaba 1.800 euros por una jornada de seis horas, de lunes a viernes. Mi novia Merche, igual. Trabajaba en Callao, en el centro de Madrid, en una oficina preciosa y con buen sueldo, desde hacía 15 años. Dejé el ayuntamiento porque llegó un momento en que necesitaba ser un poco más libre, desarrollando un trabajo más artístico. En aquel momento tenía unos amigos que importaban motos Harley Davidson y yo las pintaba. Ganaba mucho más dinero que en un trabajo estable normal. Pero entonces llegó la crisis. Y pasamos de traer 100 motos en un mes a no traer ni una. Fue impresionante. No se vendía nada. Entonces empecé a pintar discotecas del grupo Kapital y decorar locales. A la vez también trabajaba en festivales de música, unos 6 o 7 al año. Era divertido. Yo me encargaba de la seguridad interna y era un buen puesto. También empecé a trabajar en parques de atracciones. Al final he tenido que dejar cosas muy seguras para empezar otras. Y descubrimos que lo que queríamos era Ibiza.

¿Qué os trajo a la isla?

Cuando trabajábamos en los festivales de música, Merche dijo: “¡Vámonos a Ibiza!” No sabemos muy bien por qué. Teníamos un mes de vacaciones, pero yo era incapaz de estar en la playa sin hacer nada. Descubrimos Las Dalias y fue instantánea la idea de querer montar un puesto. Lo intentamos, pero era imposible. Gaby, de la organización, me explicaba que, para que entrara yo, tenía que salir otro artesano y eso era muy improbable porque había más de 300 en lista de espera y además muy buenos artistas. Finalmente conseguimos empezar los domingos, porque era un día que había poca gente. Y funcionó. Tuvimos mucha suerte porque todos los compañeros que estaban alrededor nos aceptaron y entonces hubo un momento en que nos dimos cuenta de que era una opción muy seria de vida. Esos días vimos la posibilidad de quedarnos. Todo fue bastante extraño. Y coincidió con que tuve un sueño y fue como una llamada de atención que decía que nos teníamos que quedar.

¿Cómo fue ese sueño?

Los compañeros de Las Dalias nos explicaron que la isla te acoge o te rechaza. En nuestro caso, nos dimos cuenta de que la gente nos animaba a quedarnos y cada vez vendíamos más. Se me pone los pelos de punta, pero el sueño fue una señal. A la mañana siguiente escribí un cuento basado en él. En resumen, me di cuenta de que en la vida no sólo se trata de ganar dinero. Hay que relajarse. Sólo le he dejado leer ese cuento a 10 personas y me han contado que les ha pasado lo mismo. Hay una señal que te lleva a un cambio total de mentalidad. El sueño me decía que nos teníamos que quedar. Pero nos fuimos, porque teníamos trabajo en Madrid en el Parque de Atracciones y en la Warner. El primer año estuvimos un mes en Ibiza y decidimos que era el lugar para quitarnos tanto estrés de Madrid. Al siguiente año nos quedamos seis meses en Ibiza y en 2014, ocho.

¿Ibiza engancha?

Ibiza es muy grande, pero nosotros hemos elegido Las Dalias y Sant Carles. En ocho meses, sólo hemos bajado a Eivissa ciudad dos veces. Desde que dejé el ayuntamiento, hemos hecho cosas muy interesantes, desde pintar tablas de surf a motos. Es decir, buscando un poco lo que nos apetecía. El gran choque fue llegar a Ibiza y descubrir que era el lugar donde podíamos vivir de lo que nos gustaba.

¿Ibiza cambia a las personas?

En Ibiza te das cuenta de que es posible otra forma de vida. En Madrid tenemos una casita con una parcela, pero al llegar a Ibiza el segundo año nos pusimos a compartir piso con unos italianos, cosa que no habíamos hecho nunca. Nos lo pasamos fenomenal y descubrimos que está bien compartir. Alquilamos un garaje y yo me puse a pintar. Ocurría algo raro en Ibiza: Nos aceptaban los compañeros del mercadillo, ganábamos dinero, podíamos alquilar un local…es decir, que Ibiza nos abría los brazos y nos ofrecía una forma de vivir. Nosotros nos dábamos cuenta de que necesitábamos estar más tiempo en Ibiza. Conocí a Juanito y sentí que Las Dalias era una gran familia que me había aceptado. Queremos tener una posibilidad de futuro en Ibiza y pertenecer a la gran familia de Las Dalias. Tenemos un pequeño taller en Sant Carles donde trabajamos. Nuestro taller es un escaparate y la gente viene a comprar a Las Dalias.

¿Por qué es tan especial el mercadillo?

Estamos contentos y muy agradecidos. Cuando hablo de Las Dalias en Madrid, la gente piensa que exagero y no es verdad. Es un mercadillo, pero no es un mercadillo normal. Aquí encuentras artistas y gente con la que cada día compartes cosas nuevas. Para nosotros Las Dalias el es lugar que nos permite hacer lo que nos gusta y vivir bien, en un entorno que nos encanta. Es muy importante pintar, pero también lo es saber vender. Y eso lo sabe hacer Mercedes. Nos complementamos muy bien en el trabajo, estamos a gusto y ganamos dinero. Aunque es cierto que lo que hago ahora es un poco limitado, porque sé hacer muchas más cosas.

¿Cómo definirías tu trabajo artístico?

Yo soy muralista. Puedo pintar locales, fachadas de gran formato, parques infantiles o de atracciones. En Las Dalias nos hemos adaptado a lo que demanda la gente que viene al mercado. Nuestro arte es decorativo: pintamos figuras como budas o animales, es decir, sobre todo escenas de relajación y sobre un lienzo que es tela de saco. Nuestro objetivo era ofrecer un producto original, pero que además fuera fácil de transportar. Durante unos años nuestro trabajo será ese, pero también queremos participar en otras actividades en la isla. Por ejemplo, nos salen trabajos en villas privadas, pero algunos les tengo que decir que no, porque no tengo tiempo. Incluso me llaman para que vaya a ciudades europeas a pintar sus casas, con murales muy grandes. Y todo eso es a partir de Las Dalias. Tenemos mucha suerte, mucho trabajo y nos está saliendo todo muy bien.

¿Te sientes hippy?

Yo voy en chanclas ocho meses al año y sólo me calzo zapatos si lleve. Quiero vivir en chanclas. Hoy en día ser hippy es eso: Tienes que ser capaz de abandonar tu filosofía, tu forma de vida, lo que tienes. Yo mantengo mi trabajo en la Wagner, pero vivo más despacio. Trabajo mucho, pero de otra forma: haciendo lo que me gusta. Aquí tienes miles de amigos de todo el mundo: Argentina, Uruguay, Belinda es belga, otro viene de Bali…las relaciones son diferentes. En Madrid eso no lo tienes. Entras en un entorno, que tu lo puedes llamar hippy o como quieras, donde todos tienen mucho en común contigo, aunque cada uno exprese su arte de forma diferente. Nuestro sobrino nos llama “los tíos hippies” y a nosotros nos parece muy divertido. No necesitamos grandes cosas para ser felices. Eso es lo que significa Las Dalias: una filosofía y una forma de vida.

Texto: Silvia Castillo - Foto: Massimo Aspide