Llega más de una hora tarde a la cita, pero cuando aparece con su gran sonrisa de pirata, resulta imposible formularle un reproche. Conduce una antigua motocicleta, que aparca sin ninguna prisa, y después se dedica a gastar bromas y a coger flores, como si fuera el príncipe de un cuento feliz. Con su actitud, deja claro que es alérgico a que le marquen reglas o tiempos. Lo suyo es el juego y desconcertar con una mirada intensa, en la que parece acumular las aventuras de varias vidas.

Antonio Ignomeriello

Antonio Ignomeriello

Nació en Italia y ha vivido en Dinamarca, Inglaterra y Alemania. También viajó cinco años por Sudamérica y muchas veces ha transportado sus maletas a la India. Desde hace 18 años, su refugio es una casa payesa en el valle de Morna, en Ibiza. Allí tiene su taller y lo que denomina como “mi pequeño templo de recuerdos”. La casa carece de agua corriente: “Tengo que traer camiones de agua. Como en la isla no llueve mucho, tener agua para la huerta y para el consumo me cuesta dinero”.

Vive solo y disfruta sembrando la tierra y preparando el material que ofrece en el mercadillo de Las Dalias. Tampoco tiene luz eléctrica: “Mi casa es muy ecológica y natural. Utilizo luz solar y generador y cocino con gas, como las abuelas”.

No necesita para nada una televisión, porque los ecos del mundo le llegan a través de una pequeña radio. Escucha la música que él mismo selecciona a través de su ordenador. “No bebo alcohol, toda mi alimentación es muy natural y me dedico al yoga y a la meditación. Mi vicio es la naturaleza”. Así resume un estilo de vida, que se orienta a la búsqueda de la felicidad y descarta el estrés.

Difícil describir su indumentaria, entre hindú y hippie, con gafas cool, sombrero étnico a juego con su camisa y con joyas artesanales adornando el pecho y sus muñecas. Es una estética nada convencional que se rige por cánones de belleza propios. No le preguntamos la edad, porque cualquier respuesta distorsionaría lo fundamental, que es su actitud. El alma de Antonio Ignomiriello es muy joven y, sobre todo, libre. Podría ser un conquistador, un filósofo, un agricultor, un encantador de serpientes o un duende. En todo caso y siempre, un alma indómita y un seductor.

Se define como “viajero y aventurero, alguien a quien le gusta vivir tranquilo, reciclar y practicar el consumo responsable: No quiero generar basura alrededor, por eso vivo con lo esencial”. Este italiano, hijo adoptivo de Ibiza, no tiene prisa. Ha visto muchos amaneceres.

¿Qué te trajo a Ibiza?

Conocía la fama de Ibiza desde los años 70, cuando vivía en Italia. La isla era el lugar donde se reunía gente que compartía una revolución de conciencia, es decir, no querían participar en el sistema. Yo necesitaba saber si era posible una forma de vida diferente. Me preguntaba: ¿Qué son los hippies? Tenía amigos italianos que habían viajado a Ibiza y decían que era el paraíso, que había mulas, pocas carreteras y era una isla perdida en el Mediterráneo. Yo les preguntaba: ¿Pero no hay una dictadura y militares? Y me decían que la isla estaba a salvo. Siempre lo tuve en la mente, pero no llegué a Ibiza hasta los años 90.

¿Eres hippy?

Yo no soy hippy. Yo soy yo. Soy un revolucionario de la propia existencia. En Europa no ha habido un gran movimiento de hippies, sino una evolución underground de jóvenes que no querían participar en el sistema consumista y se echaron a la calle con guitarras. Fue una manifestación de libertad, una forma de criticar que la palabra desarrollo nos lleva a la destrucción del planeta, de nuestra vida, de la naturaleza, del campo… Nos dicen que necesitamos muchas industrias pero vemos que después, en muchos casos, se quedan abandonadas porque las empresas cierran debido a que sus productos no funcionan. Esa gente no se preocupa nunca de desarrollar empresas que nos puedan hacer bien a nosotros, como seres vivos. No piensan en crear más parques para que los ancianos puedan sentarse a conversar y a respirar un poco de aire puro. No piensan en crear productos sostenibles. Esos son los temas que me preocupan a mí desde los años 80 y que me trajeron a Ibiza. Por eso a veces digo que vengo del futuro.

¿Qué vendes en Las Dalias?

Yo me preocupo de que la gente esté contenta con un poco de fantasía y de ilusión, que se refleja en los colores, las flores, los pendientes, las sortijas, los collares…fabrico este tipo de piezas desde los años 70 hasta el día de hoy. Ahora viajo a países donde se encuentran cosas muy bonitas, las compro y las traigo a Las Dalias. Por ejemplo, compro piedras semipreciosas en la India y las mando montar en plata o en otros materiales. Algunas cosas las fabrico yo, otras las compro muy lejos y las vendo en Ibiza. Me gustan las piezas y tejidos tribales. Solo no puedo hacerlo todo y, desde hace 28 años, mantengo a una familia en la India. Sus hijos han crecido y ahora tienen una tienda, gracias al trabajo conjunto de todos en estos años.

¿Qué es Las Dalias para ti?

Es una pequeña isla en la gran isla de Ibiza. Un refugio donde las personas se pueden comunicar, asociarse, conocerse y transmitir algo diferente. Protegidos por este entorno magnético de Las Dalias, la gente sale contenta. Perciben toda la energía de quienes llevan más de 20 años con sus puestos aquí. Las Dalias es un sueño en los sueños. En realidad no debería existir, por todo lo que vemos hoy en día en el mundo que nos rodea. Las Dalias es una expresión de libertad: un free market, un mercado donde vas a encontrar gente con ideas libres y que a través de su arte expresa esa libertad.

¿Por qué es tan especial la gente de Las Dalias?

Es gente muy abierta, predispuesta a aceptar los problemas de los demás y con ganas de ayudar en cualquier solución. Como no tengo familia en España, la gente de Las Dalias me ha acogido como mi familia.

¿Cómo es tu vida?

(Suspira y esboza una gran sonrisa…) ¡Mi vida es fantástica!. Me voy a morir como una flor. La vida es un momento. Intento vivir cada día, siempre feliz de la vida. Trabajo, voy a la playa, hago meditación… El futuro para mí es lo que se puede hacer en este momento. Hay mucha gente que corre mucho para tener un gran mañana y así se pierden los mejores momentos de la vida.

Texto: Silvia Castillo - Foto: Massimo Aspide